Yoga Barcelona

Experiencias de la formación de profesora de yoga – Gabriela

Si sientes que el momento de apuntarte a un YTT (Yoga Teacher Training) ha llegado, este post te ayudará a dilucidar tus dudas…Gabriela Angueira, profesora del staff de Yogalinda nos cuenta su experiencia.

La primera vez que oí hablar de un YTT fue allá por el año 1993 en Montevideo, cuando estaba a punto de comenzar la Universidad. En aquellos momentos hubiera deseado de todo corazón poder apuntarme, llegar a reunir el dinero suficiente y viajar a Brasil donde se dictaban los cursos cada año. Sin embargo, esto no llegó a suceder, sí que viajé a Brasil, pero fue para trabajar en la playa y poder así solventar mis vacaciones.

En aquellos momentos mi práctica era “autodidacta”, no asistía a clase, si no que me montaba yo misma las sesiones junto a un libro de Indra Devi y otro más cuyo autor ya no recuerdo; un libro antiguo que siempre estuvo en mi casa y que me acompañó desde los 8 años…(desafortunadamente se “quedó” en Brasil)

No fue hasta el año 2000 que decidí comenzar a tomar clases y waw!, ¡vaya cambio! Poder cerrar los ojos para poder ir así hacia el interior, profundizar en la respiración sin necesidad de mirar el libro. Sin duda esto se parecía mucho más a lo que los libros prometían que la práctica de Yoga ofrecía, así que me embarqué en un viaje de búsqueda y aprendizaje, tomando clases con diferentes profesores en Menorca, donde, por aquellos tiempos el Yoga era una práctica con muy pocos adeptos. Tuve la suerte de tener bellas yoyas de maestros: Elisa de Dios, Fernando Sarto y Beatriz Soria. Diferentes estilos, diferentes maneras de vivir, practicar y enseñar el yoga, pero un mismo objetivo: guiarte en la exploración de tí mism@.

Mis anhelos de tomar una formación de profesores estaba aún latentes, pero ¿por qué quería yo tomar una formación de profesores? Supongo que hasta que esta pregunta no fue respondida en mi interior, el momento perfecto para buscar y tomar esa formación tampoco llegaban…

Pasaron cinco años, mi práctica se había establecido. Iba a clase un par de veces por semana, practicaba de vez en cuando en casa y me sentía bien, me hacía bien y sentía que iba a seguir practicando el resto de mi vida. Entonces, un día me encontré sintiendo que necesitaba más, sintiendo que, como diría mi primer maestro en la formación “tenía sed de Yoga”. Quería profundizar más, aprender cosas que en clase nunca llega a haber tiempo de tocar, deseaba explorar, deseaba experimentar más. Sentía una gran necesidad de embarcarme en ese gran viaje que es el aprendizaje, pero no sólo el aprender teórico, sino el aprehender en todos los planos, en todos los aspectos. En aquellos momentos no pensaba en enseñar, pensaba tan sólo en la posibilidad de enriquecerme personalmente. Sin embargo, el enseñar deviene como algo natural, como un fruto que va madurando hasta que finalmente florece en todo su esplendor. El enseñar nace de un deseo espontáneo de querer compartir con otros toda esa riqueza que el aprendizaje te va aportando. Y en el enseñar conoces a los mejores maestros que te puedas encontrar en la vida: tus propios alumnos. Dicen que si quieres aprender algo, comiences por enseñarlo. Y es así. Y con el Yoga, yo agrego: Si quieres aprenderlo, enséñalo, y sobre todo, aplícatelo a tí mismo: practica, practica, practica. “El Yoga es un gramo de teoría y toneladas de práctica”

Y esas toneladas de práctica comienzas a cultivarlas en la formación de profesores, sin lugar a dudas. Es allí donde comienzas a entender plenamente que tu esterilla es el laboratorio donde tienen lugar los descubrimientos más impresionantes acerca de tí mism@. Aprender a utilizar el microscopio de la conciencia para ampliar la percepción de tu propio cuerpo, de tu propia mente, de tu propio espíritu. La formación de profesores es el punto de partida donde comienzas a navegar las aguas de tu propio ser, en un viaje de autoindagación y de autodescubrimiento. Navegar esas aguas requiere a veces de mucha paciencia, de mucha discliplina y siempre, sobre todo, de mucho amor, de mucha compasión. El mismo amor y la misma compasión que un día te mueven a compartir con otros la dicha de embarcarse en este viaje, guiando a otros para que recorran a través de su propio camino el gran viaje de exploración hacia las aguas profundas de su propio ser.

 

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